lunes, 8 de septiembre de 2008

Ejercicios para refrescar la mirada

A veces no tengo ganas de escribir, por más que tenga cosas para decir. Es una sensación terrible. Resulta imposible poder explicar lo que se siente. Lo que se percibe queda ahí, inerte. La mirada se halla bloqueada: no nos permite ver. Y me refiero a ver más allá de los sentidos. Es en esos momentos en los cuales uno podría darle mucha utilidad al espejo negro de Madame. Descansar la mirada. Renovarse. No solo los pintores como Gauguin, Van Gogh o Renoir podrían valerse de este elemento para refrescar su perspectiva del mundo. Un instrumento que sirviera para renovar las reacciones sería un adminículo mágico para un escritor. Aquel que depende de sus sentidos para llegar a inspirarse. Pero ya que no existe tal cosa (o al menos nunca oí hablar de una herramienta así) podría aprovechar esta hoja para mencionar algunas de mis “tácticas” para relajar la mirada.
Lo primero que se me ocurre para relajarme es subir al techo de mi casa. No se si mucha gente hace eso. Siempre me gusto subir las escaleras, llegar a lo más alto de mi casa. Estar cerca del cielo, poder contemplar las nubes, sentir el viento. La brisa refresca mis sentidos. Sentada allí, con la mirada perdida. Esperando que algo pase. O más bien, sabiendo que nada va a pasar. Pero permanezco impasible. Algunas veces me asomo para ver a la gente pasar por la calle. Y me miran mientras los miro. Me aburro rápidamente, pero funciona para distenderme.
Otra de mis salidas al hartazgo de la rutina es caminar. Busco cualquier excusa para salir. Recorrer las calles, mirar casas y personas. Examinar veredas. Encontrar algo que no se muy bien que es. Elegir cual será la cuadra que recorreré. Distraerse y perderse a propósito.
Ahora estoy pensando que lo que me ayuda a relajarme es el contacto con los elementos: el aire, la tierra… ¿el agua? Dejar que el agua fría recorra mis manos durante un lapso de tiempo indefinido. A veces eso también ayuda a refrescar la mirada. Y el cuarto elemento: el fuego. ¿Quién no ha dejado pasar las horas observando el flameante ardor de las llamas? Distraerse es lo que refresca. Dejar que nuestros sentidos se pierdan. Que hagan lo que deseen. Que se enfoquen en lo que prefieran. Dejarlos en libertad.